jueves, 14 de agosto de 2014

Painful

Miré las letras escritas en mi cuaderno. No podía, sabía que no podía. ¿Por qué yo no podía ser normal y escribir como todos los demás?
Era la cuarta en la lista, y ya el primero había leído su historia. Nadie siquiera se fijaba en su cuaderno, sólo contaban la anécdota.
Mierda, mierda, mierda.
Mi corazón se aceleró, el calor se fue de mis manos, y mi cuerpo se estremeció. No podía, yo lo sabía.
Eran sólo cinco líneas, pero el pánico se apoderó de mí. Nunca fui buena al hablar en público, y tampoco sabía si realmente era buena escribiendo historias.
Otra persona menos. Me cago en la puta hostia.
No podía siquiera ver la cara del profesor, no lograba ver a nadie. Todo se veía turbio. Estaba teniendo un maldito ataque de pánico. ¿Cómo era eso posible?
Casi tu turno, maldita cobarde.
La chica frente a mí empezó a hablar, pero yo no escuchaba. Sólo pensaba en que no iba a poder hacerlo. 
Mi corazón se aceleró más, mi vista todavía fallaba, el calor se había marchado de más partes de mi cuerpo. Empecé a ver manchas. No podía hacerlo.
Tu turno, imbécil.
Concentré mi mirada en el cuaderno, en las líneas escritas. No comprendí cómo lo logré, pero leí lo que había escrito. El pánico seguía allí. Mis manos temblaban sin parar. Sabía que mi voz no había sido firme. 
Sentía la mirada de todos sobre mí, pero mi vista seguía en el cuaderno.
Cuando el siguiente compañero empezó a contar su historia me sentí un poco aliviada.
Noté que la chica de al frente me miraba fijamente. 
Cuando el temblor se fue de mis manos, tomé el lapicero y dibujé. Dibujé como si de eso dependiera el momento. Suicidios, lágrimas, cicatrices, demonios.
En ese momento comprendí que sí hay algo peor que hablar en público: leer mis historias en voz alta.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Allá, en un campo minado, leía tranquilamente. Su sonrisa se ensanchaba cada vez que veía lindas palabras. Pero cuidado, esa enorme sonrisa podría desfigurar su cara.