¿Cómo puede alguien tan inteligente ser tan ingenua?, pensaba mientras la veía.
Ella, con sus eternos libros, ajustándose las gafas mientras leía.
Había hablado con ella en repetidas ocasiones. Ella, tan dulce y a la vez tan fuerte. Tan madura y tan infantil.
Sus temas siempre eran interesantes. Podía hablar sobre cualquier cosa, y aún así yo podía notar que se reprimía al pronunciar las palabras. Cuando yo le pedía que continuara, ella meneaba su cabeza y volvía la vista a la ventana, como si esperara escapar.
Podíamos ver desde películas para niños, hasta las más terroríficas. Ella se reía en ambas.
Escuchábamos todo tipo de música, aunque ella tenía su preferida, y cuando yo ponía una canción que no le agradaba, ella se reía y me devolvía el audífono.
Ella, la que era linda de cualquier manera. Enojada, o feliz, se veía bella.
¿Por qué alguien como ella se dejaba llevar por los estándares de la sociedad? Que la delgadez, que el tamaño de esto, o de lo otro, etc.
Tan inteligente y a la vez tan ingenua.
Ella, que siempre hablaba de que todo variaba dependiendo a la percepción de las personas, pero ella misma se percibía como un adefesio.
Mi sirena, mi hada, la que día a día se mataba.
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Allá, en un campo minado, leía tranquilamente. Su sonrisa se ensanchaba cada vez que veía lindas palabras. Pero cuidado, esa enorme sonrisa podría desfigurar su cara.