Pongo mi pie en el acelerador. Es más de media noche, y la calle está tan vacía que me resulta inquietante. Subo a 80 kilómetros por hora, y pienso en qué rayos estaré haciendo. Las imágenes siguen explotando en mi cabeza, y las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas. He de admitir que no estoy del todo sobria, pero eso no hace ninguna diferencia. No creo haber estado sobria en un buen tiempo.
Llego a 100 kilómetros por hora, y las voces empiezan a hablarme. Meto más mi pie en el acelerador, ahora voy a 120 kilómetros por hora. Subo la velocidad como si tuviera prisa en llegar a algún lugar, mas no la tengo. Sólo pienso en escapar. Escapar, escapar, escapar.
Pienso en lo último que hice antes de subir al auto. Recuerdo su voz como si estuviera a mi lado. Miro su ebriedad, pienso en los insultos. Mierda, ¡los malditos insultos! Esos insultos que me han atormentado desde hace muchos años, y los cuales tengo que soportar porque no hay nada que pueda hacer al respecto. No hay nada que pueda hacer para dejar de sufrir.
Voy a 130 ahora, y mi pie se niega a dejar el acelerador. Las voces siguen hablando, cantando.
Veo un accidente de tránsito un poco más adelante, un camión pesado se volcó y ocupa gran parte de la vía. Una de las voces empieza a decir "sal", y las demás empiezan a decir lo mismo. Miles de voces diciendo que salga, y todo está en mi cabeza. Acelero aún más, voy a 150. Pienso en el laberinto, en qué puedo hacer para lograr salir de él. Miro mi oportunidad y la tomo. Me desvío un poco para poder chocar de lleno contra el camión.
Vi mi oportunidad y la tomé; mi oportunidad para salir del laberinto, el laberinto del sufrimiento.
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Allá, en un campo minado, leía tranquilamente. Su sonrisa se ensanchaba cada vez que veía lindas palabras. Pero cuidado, esa enorme sonrisa podría desfigurar su cara.